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¡¡COGE EL TREN!!

 
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caimanverde
Come y duerme en el Foro
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caimanverde

Registrado: 20 Jul 2017
Mensajes: 572

MensajePublicado: 01 Enero 2020 01:31:29    Título del mensaje: ¡¡COGE EL TREN!! Responder citando

LA CHICA DEL TREN
Hacía calor, mucho calor, demasiado calor, en aquel triste pueblo de la España profunda, incluso para un mes de julio. Eran las dos de la tarde y en las calles ya no se veía un alma. Sus escasos y envejecidos habitantes se mantenían a resguardo en sus casas, en modo siesta, como única forma de luchar contra el insoportable bochorno. El concepto de pueblo fantasma estaba plenamente justificado, como consecuencia de la España vaciada.
Sentada en uno de los bancos de la desvencijada estación, una mujer de mediana edad, con una pequeña mochila por todo equipaje, esperaba el tren de las tres y diez. En realidad era lo único que tenía claro, la hora, pero no el destino. Imposible averiguarlo en aquel deteriorado tablón de anuncios, pegado en la pared, donde colgaba, ajado y descolorido por el paso del tiempo, un panel de información en el que ya apenas se distinguía el horario y algunas letras de la estación de destino “F.L...DA.” Ya no había a quien preguntar desde que, por motivos económicos, fueron suprimiendo los empleados en todas las estaciones.
Esto no siempre había sido así, antes de que cerraran las minas todo el pueblo, incluida la estación, vivió una época de considerable esplendor. Había un jefe de estación, pero no solo eso, también, atendida por su mujer, tenía una cantina que se llamaba, como no, “Bar la Estación”.
De todo aquel apogeo ya no quedaba nada, el tiempo unido al vandalismo, lo habían dejado todo en un estado calamitoso. En el reloj que colgaba de la techumbre las manecillas se habían parado a las seis menos cuarto, lo que casi nadie recordaba era de que año.
Durante la espera su mente se afanaba en planificar el rumbo que debería dar a su existencia a partir de la etapa de invisibilidad en la que había devenido su vida. De pronto dos pitidos seguidos la sacaron de sus elucubraciones. A lo lejos se adivinaba la silueta del tren.
«Llega puntual» pensó, al observar que su reloj marcaba las tres y diez. Se puso en pie y dio tres pasos hacía delante a la espera de que el convoy entrase en la estación. La unidad, compuesta por una locomotora y un único vagón de pasajeros, se detuvo justo delante de ella, abriéndose las puertas automáticamente. Se dirigió con paso firme hacia el interior, mientras cubría este breve trecho observó a través de las ventanillas que en el vagón no iba ningún pasajero, pero fue una percepción errónea, porque justo al llegar a la puerta la visión de un individuo sentado en los asientos traseros le hizo detener su marcha al instante.
Se trataba de un hombre de mediana edad vestido con un polo Lacoste de color verde, un pantalón chino beige claro, unas alpargatas azules y tocado con un sombrero de Panamá. Se adivinaba una persona elegante a la par que discreta. Con su mano izquierda sujetaba el libro “Pigmalión” del escritor Bernard Shaw, mientras en la derecha sostenía un bolígrafo “Parker” con el que de cuando en cuando tomaba notas en un cuaderno. Posiblemente tendría alguna relación con la docencia.
La mujer continuaba inmóvil delante de la puerta sin atravesarla y con la mirada clavada en aquel hombre que permanecía ajeno a todo lo que no fuera su libro y sus apuntes.
En su cabeza empezaron a apelotonarse las preguntas:
«¿quien es ese individuo con el que voy a compartir vagón? ¿un profesor? ¿quizás un escritor? ¿tal vez un académico? ¿y si resulta que es un psicópata, un depredador sexual o peor aún un asesino en serie?», y sobre todo la pregunta más importante «¿a donde coño se dirige este tren?», demasiadas dudas y ninguna certeza. Sonó un pitido avisando de la inmediata salida del tren, pero ella continuaba inmóvil delante de la puerta, paralizada por la desconfianza y el recelo. Un segundo pitido, a continuación se cerraron las puertas y el convoy empezó a moverse lentamente alejándose del andén.
La mujer volviendo sobre sus pasos, se dirigió de nuevo hacía el desgastado banco y tomó asiento. Esta vez la demora se le antojaba larga y para entretener la espera sacó de su mochila el libro “Crónica de una muerte anunciada” y se sumergió en él.
Absorta en la lectura y desconectada de la realidad, las horas iban pasando de manera imperceptible. Hasta que de pronto unos gritos la sacaron de su ensimismamiento.
—¡SEÑORITA! ¡SEÑORITA!
Levantó la cabeza del libro y observó al otro lado de las vías, a un tipo que llevaba una caña de pescar sobre el hombro. Luego respondió con la clásica pregunta a este tipo de interpelaciones.
—¿ES A MÍ? —una pregunta que resultaba improcedente y sobre todo absurda, al no caer en la cuenta de que allí solo estaba ella.
—¿ESTÁ ESPERANDO EL TREN? —ella asintió con la cabeza.
El hombre cruzó las vías y se acercó al andén.
—Ya no hay más trenes, señorita —dijo, al tiempo que pasaba una mano sobre la otra, para reforzar el mensaje.
—¿Me está queriendo decir que hoy ya no va a pasar ningún tren?
—No señorita, lo que le estoy queriendo decir es que ya no van a circular más trenes.
—O sea que no me queda otra que volver mañana.
—Vamos a ver, preste un poco de atención —el hombre, usando el tono de alguien que está perdiendo la paciencia, continuó—, no van a pasar más trenes ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni nunca. Esta línea es deficitaria y han decidido cerrarla para siempre.
—Pues entonces tendré que coger el autobús. ¿Sería tan amable de indicarme donde está la parada?
—¿La parada? —preguntó, mientras intentaba disimular, sin mucho éxito, una sonrisa burlona— desde que inauguraron la autopista hace tres años, los autobuses han dejado de atravesar el pueblo, ahora van directos por la nueva vía sin detenerse.
—¡Mierda! —exclamó, con una mueca de fastidio— no me va a quedar más remedio que pillar un taxi. ¿Hay algún taxista en el pueblo?
—Sí, Manolo el taxista, le dicen así porque estuvo treinta años con el taxi, pero se jubiló el año pasado.
—¿Pero como diablos voy a salir de este maldito pueblo?
—De aquí ya no hay manera salir, la última oportunidad fue el tren de las tres y diez.
—¿Entonces? —preguntó con tono resignado.
—Si me permite una sugerencia, le aconsejo que se dirija al único bar que hay en el pueblo, que también es hostal, y reserve una habitación. Estoy seguro de que va a armonizar muy bien con los huéspedes, pues todos están en una situación muy parecida a la suya y no tengo ninguna duda de que acabarán jugando al parchís todos en comandita.
—Abusando de su gentileza, ¿sería tan amable de indicarme como puedo llegar a ese hostal?
—Sí, es muy fácil. Siga por la calle Melancolía todo recto hasta el final y allí a mano derecha lo verá. No tiene perdida, porque de la fachada sobresale un gran letrero luminoso en el que se puede leer “La Posada del Fracaso”. Sí, ya sé que el nombre no resulta demasiado comercial, pero fue la peculiar manera que se le ocurrió al dueño de homenajear a su ídolo Joaquín Sabina.

En la posada del fracaso,
donde no hay consuelo ni ascensor,
el desamparo y la humedad
comparten colchón.

https://www.youtube.com/watch?v=vRROOrvzIqY
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